Ya sufriste cosas mejores que estas
Este 5 de junio, se fue el Indio Solari a los 77 años, uno de los referentes más importantes del rock argentino. Nos dejó decenas de canciones que quedaron grabadas a fuego en nuestra memoria, y eso no es poca cosa. Millones lloran su partida física y no es para menos.
Millones
crecimos escuchando a Los Redondos. Sus canciones nos ayudaron a transitar, con
algo más de contención, los difíciles años del menemismo más salvaje y
miserable de la década del noventa. Sobre todo para quienes vivíamos en el
extremo sur de la Patagonia, lejos de todo y con pocos referentes para seguir.
Muchas veces nos sentíamos solos, pero esas canciones nos acompañaban.
También
estuvieron presentes en los momentos más duros. En Río Turbio, golpeado por la
privatización de YCF y los miles de despidos que sufrió la cuenca carbonífera.
Años después, el mismo trago amargo se repetiría con las cesantías en el
Correo. Ya en 2001, tras la represión salvaje y la caída del gobierno de De la
Rúa, volvimos a cantar sus canciones. Tampoco estuvieron ausentes durante las
tomas universitarias y las luchas en defensa de la educación pública.
Cuando
terminamos la secundaria, soñábamos con vivir en carne propia la experiencia
ricotera. Sin duda, fueron algunos de los mejores momentos de mi vida. Vi a Los
Redondos tres veces: la primera fue el 14 de junio de 1997, en Villa María; la
segunda, el 19 de diciembre de 1998, en Racing de Avellaneda; y la última, el
15 de abril de 2000, en River. Siempre junto a mis mejores amig@s.
Cada
recital fue una aventura inolvidable. Eran viajes de cientos de kilómetros
hacia un acontecimiento que sabíamos que podía ser riesgoso y que, aun así,
estábamos dispuestos a afrontar. La represión policial era brutal contra
quienes éramos jóvenes: te esperaban para molerte a palos antes de ingresar al
recital. Pero la comunidad que existía entre quienes nos considerábamos
ricoteros nos permitía cuidarnos de la cana y de su odio visceral hacia nuestra
alegría. Les molestaba que no olvidáramos a Walter Bulacio, y se encargaban de
hacérnoslo saber.
Esos
años no volverán a repetirse. Quedarán las anécdotas que contemos y un vasto
universo por analizar sobre el fenómeno que se creó alrededor de Los Redondos
y, en particular, del Indio.
Para
quienes fuimos jóvenes en los noventa, sus canciones fueron alimento para las
batallas sociales y personales. Fueron el aliento necesario para permanecer en
las trincheras de la resistencia y no caer en el escepticismo que el sistema
tanto desea imponernos. Esas canciones nos ayudaron —y lo siguen haciendo— a no
sentirnos derrotados.
Sé
que estuve muy enojado con el Indio en su última etapa, pero eso nunca
disminuyó la admiración que siento por sus letras, que ya son parte de todos
nosotros. Con su partida se va una parte de mi vida, de mi juventud y de
aquellos años imborrables.
¡Viva
el rock!
“Cuando el fuego
crezca, quiero estar allí”.



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