Lo que une un mate: del acampe docente a la mina de 1994
La lucha docente de hoy y la lucha minera de ayer
En los últimos días de mayo se profundizó el conflicto docente y estatal contra el ajuste económico y sindical que ejerce el gobierno de Claudio Vidal en Santa Cruz. Fueron jornadas de acampe afuera del Ministerio de Economía, en Río Gallegos.
Entre la lluvia, la humedad
dominante y la escarcha, se erigían las carpas —con más o menos comodidad—
donde decenas de docentes y estatales se turnaban para garantizar que el
organismo provincial no funcionara. En ocho días, el acampe se transformó en una
rutina de música, olor a madera quemada y charlas constantes entre compañerxs
que intercambiaban pareceres y padecimientos.
Estuve algunos días, durante la
noche, junto a mi compañera docente y el resto de sus colegas. El ambiente era
de solidaridad total: no solo entre docentes, también con algún indigente que
era invitado a sumarse al almuerzo o la cena colectiva.
Incluso entre juegos de cartas,
chistes y hasta un baile improvisado, se lucha y se encuentra un tiempo para
reírse ante la inclemencia climática o económica. La cumbia, folclore, Virus, Charly
García o Soda Stereo generaban aprobaciones casi unánimes entre quienes estaban
dentro y fuera de la carpa. Ese grado de hermandad me llevó a recuerdos
antiguos, a momentos que me marcaron durante mi adolescencia en Río Turbio.
Cuando tenía 17 años, en noviembre de 1994, la cuenca carbonífera atravesaba una sacudida brutal. La empresa Yacimientos Carboníferos Fiscales había sido concesionada al testaferro empresarial Sergio Taselli. Eso significó que miles de trabajadores de YCF y sus familias tuvieran que irse con retiros voluntarios a sus provincias de origen. La lucha contra la privatización impulsada por el menemismo no triunfó y se impuso un programa económico y social salvaje contra nuestro pequeño y bello pueblo.
Los trabajadores del carbón ya
venían dando una lucha constante contra el vaciamiento, pero fue imposible
impedir la concesión. Entonces, aquel noviembre, unos 400 mineros decidieronacantonarse en la Unión 24 de Mina 5. Estaban a unos siete kilómetros bajo
tierra, dispuestos a permanecer hasta recuperar el poder adquisitivo perdido y
lograr mejoras laborales. Era una lucha completamente arriesgada.
En esos meses, nuestros docentes
del Colegio Secundario Provincial N.º 4 nos convencieron de sumarnos a la lucha
minera. Éramos estudiantes secundarios, pero ya estábamos en edad de
comprometernos con una causa desesperante para el pueblo.
En mi caso, no tenía familiares
directos en YCF, pero sí amigos y conocidos cuyos padres estaban dentro de la
mina luchando junto a sus compañeros. Fueron días que marcaron a todo el
pueblo, que se comprometió a colaborar con una causa justa. Los comercios
donaban comida para la olla popular del acampe instalado a unos cientos de
metros del ingreso a Mina 5. Los docentes organizaban colectas en los barrios
para el fondo de huelga. Las Mujeres del Carbón —madres, esposas, hermanas y
vecinas de los mineros— se encargaban de la seguridad del acampe. Incluso desde
el pueblo vecino de Puerto Natales (Chile) llegaron donaciones y vecinos a
sumarse a una lucha que ya era internacional.
Durante unos doce días, todo
giraba en torno a las noticias que llegaban desde el interior de la mina. Los
mineros pasaban sus días convencidos de no salir hasta conseguir todos los
reclamos. Afuera, el pueblo se angustiaba ante la posibilidad de que un contingente
de gendarmes llegara a desalojar a los mineros y al acampe. También había
incertidumbre por un posible cierre de la ventilación del socavón. Eso podía
ser mortal, y aun así se negaban a salir.
Recuerdo que un día lluvioso
quienes estábamos en el acampe nos refugiamos bajo un alero enorme de un
establecimiento de la empresa. Éramos unas cincuenta personas cubriéndonos de
la lluvia fría y compartiendo un mate comunitario para repeler el frío. Allí
fue la primera vez que alguien me dijo algo que me pareció completamente
fraternal: “Tome un mate, compañero, así se le pasa el frío”. Era un hombre que
convidaba a todos los que escuchábamos la radio y nos reíamos de los chistes
que surgían de ese montón de gente apilada. Algunos se conocían y otros no,
pero ese mate y la palabra compañero/a nos incluían en algo colectivo: la
solidaridad.
Mientras el mate circulaba de
mano en mano, una mujer contaba que su esposo y su hermano estaban dentro del
socavón, y otra la convencía de que todo iba a salir bien. Nunca había
presenciado un momento de solidaridad tan profundo y conmovedor.
Finalmente, después de poco menos
de dos semanas, se llegó a un acuerdo entre la empresa y los mineros, y una
noche decidieron salir del socavón. Afuera, miles de vecinos los esperaban con
bombos y cánticos. La angustia concluía, al menos por un tiempo. Con sus cascos
iluminados, los mineros avanzaban firmes hacia la multitud que los recibía en
una algarabía desatada.
Todo eso recordé —una lucha
ocurrida treinta y dos años atrás— mientras lxs docentes cenaban el 27 de mayo
dentro de una carpa iluminada. Docentes que apenas se conocían de vista, pero
que esa noche se abrían en risas y preocupaciones que desconocían compartir.
Les pasa lo mismo que a aquellos mineros dentro del socavón: están decididos a
terminar con tanta angustia.
No fue la última lucha de los
mineros de Río Turbio, y tampoco será la última de lxs docentes de Río
Gallegos. Vendrán más conflictos. Pero en cada anécdota, en cada plato de
comida compartido, en cada mate, risa y fogata, la solidaridad y la conciencia de
clase se consolidan, aunque sea por una noche o varias. Así gira este mundo
injusto, pero con la esperanza de que un día deje de serlo y quienes lo mueven
vivan como se lo merecen.



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