Los 14 mineros del carbón: memoria de una tragedia que no pudo evitarse

 




A 22 años del incendio en Mina 5 que provocó la muerte de 14 trabajadores, un testimonio en primera persona reconstruye el dolor, la solidaridad y la indignación que atravesaron a toda la cuenca carbonífera. Una tragedia evitable cuyas responsabilidades aún permanecen impunes.

Este 14 de junio se cumplieron 22 años de la tragedia de Río Turbio, uno de los episodios más dolorosos en la historia de la minería argentina. Catorce trabajadores murieron en el interior de Mina 5 tras quedar atrapados durante un incendio que se desató en una cinta transportadora. Lo que ocurrió aquella jornada no fue un accidente inevitable: fue una tragedia anunciada, producto de años de desinversión y deterioro de las condiciones de seguridad.

Los mineros intentaron escapar del humo tóxico que invadía los túneles. El camión que los evacuaba chocó contra una columna del socavón y quedó inutilizado, obligando a más de cincuenta trabajadores a continuar la huida a pie. Quienes lograron salir advirtieron que varios compañeros se estaban asfixiando por los gases emanados de la cinta en combustión. La empresa Yacimientos Carboníferos Río Turbio (YCRT) no estaba preparada para enfrentar un siniestro de semejante magnitud. Los trabajadores atrapados no pudieron ser rescatados y agonizaron en el interior de la mina.

Aquel día yo trabajaba en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, repartiendo correspondencia en el Bajo Flores. Recorría los pasillos del Barrio Rivadavia I cuando escuché una noticia que me paralizó.

—Urgente: 14 mineros permanecen atrapados en una mina de Río Turbio. Se teme por sus vidas.

Era cerca del mediodía. Durante varios minutos quedé aturdido, sin saber qué hacer. Pensé inmediatamente en mi hermano Rodolfo, que trabajaba en la mina, y también en tantos otros compañeros que conocía. Meses antes había visitado la cuenca carbonífera, donde viví parte de mi adolescencia, y la noticia me golpeó de lleno.

Le pedí a un vecino que cuidara mi bolso de cartas y corrí hasta un locutorio de la avenida Camilo Torres. Desde una cabina intenté comunicarme con mi madre para saber si mi hermano estaba bien. Tardé más de media hora en lograrlo. Fueron minutos interminables en los que la angustia crecía con cada intento fallido.

Cuando finalmente pude hablar con ella, me confirmó que Rodolfo estaba a salvo. Sin embargo, me contó que varios de sus compañeros permanecían desaparecidos y que ya se hablaba de víctimas fatales. Con el correr de las horas se confirmó la muerte de dos trabajadores. En los días siguientes la lista de fallecidos fue creciendo hasta llegar a catorce. Para mí y para toda la comunidad de la cuenca carbonífera fueron jornadas devastadoras. Todos conocíamos a quienes no lograron regresar.

Por entonces ya militaba en el Partido de los Trabajadores Socialistas. Desde la organización me propusieron viajar a Río Turbio para registrar lo que estaba ocurriendo y realizar un documental junto a otro compañero, Carlos Braun. Unos tres días después emprendimos el viaje.

Llegué a la casa de mi madre durante la noche. La angustia seguía intacta. Horas más tarde apareció mi hermano junto a otro compañero minero. Venían desde Puerto Natales, donde habían asistido al entierro de uno de sus compañeros. Cuando lo abracé, no pude contener el llanto. Recién entonces pude liberar parte de la tristeza acumulada.

Para entonces ya habían sido recuperados los últimos cuerpos. Los velorios se realizaban en Río Turbio, 28 de Noviembre y también en Puerto Natales, de donde eran oriundos algunos de los mineros fallecidos.

Uno de ellos era Silverio Méndez, dirigente de la Corriente Clasista y Combativa. Su velorio se realizaba en la Escuela Nº 32 de 28 de Noviembre. Llegamos de madrugada y permanecimos allí hasta el amanecer.

Muchos de los mineros presentes ya eran conocidos para mí. Eran hombres duros, curtidos por el trabajo bajo tierra. Sin embargo, aquella noche los vi completamente quebrados. Las lágrimas recorrían rostros acostumbrados a soportar condiciones extremas. Fue uno de los velorios más conmovedores que haya presenciado.

Antes de partir hacia el cementerio llegó el músico Eduardo Guajardo. Con voz firme interpretó una de las canciones más emblemáticas de los trabajadores del carbón: “Qué va a pasar un obrero”. El llanto se extendió entre decenas de mineros que escuchaban en silencio.






También habían llegado desde Neuquén trabajadores de la fábrica recuperada Zanon para expresar su solidaridad. Ellos también se mostraban profundamente conmovidos por lo que estaban viviendo.

Cuando terminó la canción, los presentes comenzaron a cantar abrazados:

—Aquí están, estos son, los mineros del carbón.

La despedida de Silverio fue digna y conmovedora. En medio del dolor podía percibirse la fortaleza de aquellos trabajadores, capaces de sostener la solidaridad y la organización incluso frente a una pérdida tan profunda. Había tristeza, pero también orgullo de pertenecer a una comunidad minera marcada por la lucha.

Los días siguientes transcurrieron entre entrevistas a sobrevivientes, reuniones sindicales y encuentros de trabajadores que preparaban una asamblea decisiva para definir cómo continuar después de la tragedia. Nosotros registrábamos cada testimonio y seguíamos atentamente los acontecimientos.

Entre los recuerdos de aquellos días permanece la despedida de Héctor “Gallo” Hernández, uno de los mineros chilenos fallecidos. Sobre él, escribí un relato varios años atrás.

"Me habían contado que era oriundo de Puerto Natales y que adoraba a sus hijas. Solía pasear con ellas por las calles de Río Turbio, orgulloso, llevando una de cada brazo. También recordaban su compromiso político. Durante la histórica toma de mina de 1994 fue entrevistado en la Unión 24, ocupada por cientos de trabajadores. Allí pronunció una frase que todavía resuena:

—Cuando la clase obrera pelea, no existen las fronteras.

Asistí a su entierro en Puerto Natales. Durante el velorio no éramos más de veinte personas, pero a medida que avanzaba el cortejo por las calles del pueblo se sumaban vecinos para despedirlo. Una imagen quedó grabada para siempre en mi memoria: dos conscriptos del Ejército chileno se cuadraron al paso del cortejo y saludaron con una venia al trabajador fallecido.

Como el de Hernández, hubo otros trece entierros. Tres de los mineros eran chilenos y once argentinos. Detrás de cada nombre había una historia, una familia y una vida truncada por una tragedia que pudo evitarse".

La experiencia de aquellos días tuvo uno de sus momentos más importantes en una asamblea multitudinaria convocada para debatir el futuro de los trabajadores después del desastre.

La reunión comenzó con la lectura de los nombres de los catorce fallecidos. Tras cada nombre, cientos de voces respondían al unísono:

— ¡Presente!

La emoción era palpable. Pero rápidamente dio paso a la indignación.

Los trabajadores responsabilizaban tanto a la empresa como a la conducción sindical por haber ignorado durante años las denuncias sobre las condiciones de seguridad en la mina.

En un principio no nos permitieron ingresar para filmar. Sin embargo, la propia asamblea votó abrir las puertas a la prensa y pudimos presenciar las intervenciones.

Orador tras orador repetía la misma conclusión: las muertes podían haberse evitado. Las advertencias existían, pero nunca fueron escuchadas. Durante años se había acumulado un deterioro que terminó desencadenando el incendio y sus consecuencias fatales.

A medida que avanzaban las exposiciones, la tensión crecía. Hasta que un trabajador propuso la renuncia de toda la conducción sindical y la conformación de una comisión provisoria.

Los dirigentes quedaron completamente desbordados por la situación. Intentaron sostenerse, pero el reclamo avanzaba con fuerza. En medio del debate, uno de los referentes gremiales intentó agredir a un trabajador. La reacción fue inmediata: decenas de mineros subieron al escenario para impedirlo y retirarlo del lugar.

En ese momento quedó claro que la conducción había perdido toda autoridad ante la base.

Finalmente, la asamblea votó reemplazar a la dirección sindical y avanzar hacia nuevas elecciones. Hasta entonces quedaría al frente una comisión provisoria elegida por los trabajadores.

Aquellos fueron días intensos y movilizadores. Un mes después, un grupo de mineros viajó a Buenos Aires para denunciar públicamente el crimen social que había costado la vida de sus compañeros. Lo hicieron con el apoyo de los trabajadores de Zanon y del sindicato ceramista de Neuquén.

Varios de ellos se alojaron en mi casa. Junto a mis compañeros del partido colaboramos para difundir su denuncia y acompañar su reclamo de justicia.






Han pasado 22 años desde entonces. Ninguno de los principales responsables pagó por aquellas muertes. Ni Sergio Taselli, empresario que recibió la concesión de YCRT durante la década menemista, ni los funcionarios encargados de controlar el cumplimiento de las normas de seguridad. Tampoco quienes, desde los distintos niveles del Estado, permitieron que la desinversión y el deterioro avanzaran hasta desembocar en la tragedia. Por aquellos años ya estaba en la presidencia Néstor Kirchner, pero antes fue gobernador de Santa Cruz y encabezó la privatización de YCF, que llevó al desguace. Kirchner nunca escuchó la denuncia de los mineros y trató de callar aquellas voces mineras. 

A pesar del tiempo transcurrido, aquellos días siguen presentes en mi memoria. Fui testigo del dolor más profundo, pero también de la dignidad y la solidaridad de una comunidad que se negó a bajar los brazos. Recuerdo especialmente a Ramón Páez, a quien alguna vez le dije que los responsables terminarían pagando por lo ocurrido.

Han pasado 22 años. Los responsables políticos y empresariales nunca respondieron ante la Justicia por las 14 muertes. Sin embargo, la memoria de aquellos trabajadores sigue viva en la cuenca carbonífera. Cada aniversario vuelve a recordar que lo ocurrido en Río Turbio no fue una fatalidad, sino un crimen social que pudo evitarse. Y que mientras no haya justicia, la herida seguirá abierta en la memoria de todo un pueblo.




Los nombres de aquellos mineros quedaron para siempre en la memoria de toda la cuenca carbonífera de Río Turbio y de Puerto Natales. Once eran argentinos y tres chilenos. Sus nombres retumban cada nuevo aniversario, al unísono de las sirenas que recuerdan la hora exacta del inicio de la evacuación fallida. José Alvarado, Julio Álvarez, Nicolás Arancibia, José Armella, Ricardo Cabrera, Miguel Cardozo, José Álvarez, José Hernández Zambrano, Oscar Marchant, Héctor Rebollo, José Vallejos, Odilón Vedia, Silverio Méndez y Víctor Hernández. Murieron tratando de escapar y quedaron para siempre en un socavón al que ingresaban cada noche sonriendo con sus compañeros. Decirlo me genera una sensación concreta de injusticia y esta crónica trata no olvidarlos.

Seis meses después sucedía otro crimen social con características idénticas. El 30 de diciembre de ese mismo año, 194 jóvenes fallecían en un recital de rock. Era en Cromañon. También podía evitarse, pero no hubo interés en proteger a esas vidas. Sucedía a más de 3 mil kilómetros de Río Turbio.

 

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