La generación que escuchábamos a Luca Prodan
Quienes escuchamos rock —y,
específicamente, un rock con cierta pretensión de elaboración más compleja—
creemos que Sumo y su cantante, Luca Prodan, encerraban en sus letras un
universo repleto de matices. Iba más allá del punk furibundo o del reggae denso;
incluso en sus canciones más introspectivas había mensajes ocultos.
Comencemos por decir que Luca
cantaba en inglés, y con mucha osadía, en un país donde los músicos de rock
habían sido precursores en cantar en castellano. Pero él se animó a hacerlo en
el idioma original del rock justo cuando comenzaba la Guerra de Malvinas, en
1982, y la dictadura genocida prohibía ridículamente la música en inglés, como
si eso fuera traición a la patria.
En mi caso, conocí las canciones de Luca cuando
tenía unos 16 años, allá por 1993, siete años después de su muerte. Vivía en
Río Turbio, en plena ebullición privatizadora de Yacimientos Carboníferos
Fiscales. La cuenca carbonífera recibía un golpazo de despidos y retiros
voluntarios brutal, con cientos de familias yéndose de un pueblo que alguna vez
fue pujante. En ese contexto de incertidumbre crecíamos escuchando mucho rock y
folclore. Buscábamos algún refugio que nos cobijara del dolor de ver sufrir a
padres, madres, vecinos y amigos que contaban que sus viejos se habían quedado
sin trabajo. Nuestra trinchera fue el rock: algo allí hablaba de nosotros, nos
interpelaba. Eran los tiempos de “La era de la boludez”, menemista. No sabíamos
lo que queríamos, pero lo queríamos ya.
Con mis amigos descubrimos a Sumo
y, a través de esa banda maravillosa, llegamos a Luca. Nos encantaba su
desfachatez, su verborragia y su manera de burlarse de la soberbia de una
sociedad superficial. Todavía no conocíamos su historia, pero nos fascinaban su
forma de cantar y su postura en el escenario.
Recuerdo una de sus frases:
“¡Basta! Me voy a la esquina a tomar unas ginebras con gente despierta, esa sí
que es Argentina”. Para nosotros, hablaba de otro mundo que estaba a la vuelta
de cada esquina: la gente real, la que laburaba todos los días, no la porquería
que veíamos en la televisión superficial de aquellos años. Entonces empezamos a
ir a los bares más humildes y rotos de Río Turbio, como La Querencia. Allí iban
mineros pasados de alcohol o algún peón que llegaba del campo. Ellos escuchaban
cumbia o folclore, pero nosotros le dábamos la razón a Luca: ahí estaba la otra
Argentina, la verdadera, la del pueblo, la de los nuestros.
Unos pocos años después, cada uno
terminó la secundaria y tomó rumbos distintos. En mi caso, me fui a estudiar a
Buenos Aires. Llegué con 19 años a una ciudad que conocía de niño. Lo primero
que hice fue ir a recitales y conocer el mundo rockero de mediados de los
noventa. Fue fascinante.
Conocí Cemento, Obras Sanitarias,
los recitales al aire libre, los conciertos en estadios y los festivales.
También recorría el Abasto cuando aún no estaba el shopping y era un lugar
tenebroso. Todo era un descubrimiento, y me imaginaba lo que habría sido para
quienes sí habían visto a Sumo.
En 1996 conseguí un trabajo en el
Correo Argentino, mi primer empleo estable. Entré a la sucursal de Flores y
conocí a un grupo de compañeros unos años mayores que yo. Escuchaban rock y ya
tenían decenas de recitales encima. Eran —y son— un grupo de amigos entrañables
con los que empecé a ir a ver bandas por todos lados.
A finales de ese año salió el
primer álbum póstumo de Luca Prodan: Time, Fate, Love (Tiempo, destino y amor).
Fue en diciembre, y con un compañero fuimos a comprarlo a una disquería en Puán
y Rivadavia. Lo compramos y me volví en tren escuchándolo en mi walkman. Mi
primera impresión fue que estaba entrando en el mundo interior de Luca, en su
lado oculto y sentimental. Me impactaron “Lament”, “Time Fate Love”, “Strange
Thing” y otras canciones.
Con los años, ese universo se fue
expandiendo y me fue transformando en la persona adulta que soy. Sin embargo,
nunca dejó de intrigarme el aura de Luca, de quienes lo acompañaron y de todo
lo que influyó en el rock. Leí mucho sobre él, su época y el mundo en el que
vivió. Creo que fue uno de los artistas más honestos, y eso es mucho decir.
Pero además fue un refugio para
quienes crecimos en épocas con pocos ejemplos a seguir, cuando todo se
privatizaba, todo se precarizaba y te ofrecían un mundo nada atractivo y vomitivo.
En mi caso, me hice militante de
izquierda desde muy joven y me nutrí de ese bagaje ideológico, pero nunca
abandoné mi primer amor: la música. En ese sentido, Luca fue un espacio de resiliencia, un
bálsamo para tiempos duros y una trinchera que nos preparó para resistir y
hacernos menos ingenuos que los viejos vinagres.



Comentarios
Publicar un comentario